Pilar

Pilar

23 de abril de 2017

Un camello hacia El Llano (Lawrence de Arabia)




“Estuve conduciendo durante todo el día por un camino lleno de piedras, parecía el camino hacia el fin del mundo, hasta que de repente, llegue a una playa fantástica, en cuya orilla había un pequeño, pero encantador pueblo, llamado Carboneras, pensé que sería mi hogar para el resto de mi vida”

Eddie Folie (Localizador)




Los últimos golpes de martillo marcaron el final. El sonido del claveteo fue sustituido por un aplauso unánime, felicitaciones y apretones de manos. Una bella ciudad nacía de forma casi mágica sobre la playa de El Algarrobico, suavizando el agreste paisaje con sus calles salpicadas de palmeras y la blancura de sus casas: Aqaba, la antigua ciudad jordana, lucía ya esplendorosa. 

—¿Padre, adónde va? 
—A ver a los del cine.
—Llévese a Romero, que es mucho paseo. 
—Deja al borrico en paz, ya le mueves tú bastante… pobre animal.
—Pues ande con cuidado.

Manuel comenzó su andadura hacia la playa de El Algarrobico. El día arrancaba luminoso y templado, y aunque el paseo era largo, tampoco había prisa. Decidió pasarse por la playa de El Lancón, por si ya faenaban los jabegotes y con un poco de suerte sacaban buena pesca. Dos de sus nietos se hacían a la mar cada día para alimentar a sus familias, una vida dura que además implicaba preocupación y espera.  

—¡Manuel! Buenos días, ¿cómo usted por aquí tan temprano?
—Pues ya ves, de paseo hacia el río. Me han dicho que han levantao allí un pueblo más grande que el nuestro con cuatro clavos.
—Eso dicen. Todos los mozos y mozas andan como locos por participar en eso del cine. 
—Eso es bueno, José, eso es bueno. Trabajo es lo que hace falta, aunque sea por unos días y cuatro perras… ¿Y vosotros qué? 
—Ahí lo tiene, abuelo. Poca cosa hoy. Na ayer, y así vamos… 
—¿Volvéis a salir o ya guardáis las redes?
—Hay que salir. No queda otra. 
—Pues con Dios, y suerte, hijo. Yo tiro p’arriba que aún me queda un trecho largo.
—Ya nos contará lo que allí se ve, Manuel. ¡Cuando se entere el Pablito…!
—Ya le acercaré pa’que vea lo que hay… o se nos va él solo cuando menos lo esperemos. 
Y continuó su marcha hacia el misterioso escenario de cartón piedra. 

El sol comenzaba a molestar sus ojos y se ajustó el sombrero de paja, la sombra del ala le permitió mirar hacia la Torre del Rayo, una antigua torre vigía que se alzaba, casi en ruinas, en un lugar privilegiado para admirar a diestra y siniestra la preciosa costa desde donde en otros tiempos se vigilaba la llegada de los berberiscos. 

—¡Abuelo… Abuelo! Espera… Esp…
—Pero, criatura… ¿qué haces aquí? ¿Y la escuela? —observaba la imagen de su nieto con ternura mientras éste intentaba recuperar el resuello cabeza gacha y manos apoyadas en las rodillas. 
—Cómo corres, abuelo, creía que te dolían los huesos.
—Eso solo se lo digo a tu madre para que me deje tranquilo. Vuelve a la escuela.
—Que no, abuelo, el maestro se ha ido a ver al médico. Dice que está malo —se incorporó y tomó la mano de su abuelo—. Madre me ha dicho que ibas a ver a los del cine… y…
—Ya… Pues venga. Vamos. Pero no te separes de mí o nos volvemos. 

Como un sol naciente, las casas y edificios de la antigua ciudad de Aqaba emergían en el horizonte.

—¡Mira abuelo, mira!
—Ya lo veo, hijo —se sentó en una piedra grande que a modo de silla improvisada le sirvió para reposar de la caminata. 
Asentada en la desembocadura natural del río Alías, la Aqaba fílmica bullía como si la vida que llenaba sus calles formase parte del lugar y no como el resultado de un magnífico atrezo.  Hombres vestidos con atuendos de otros lugares se mezclaban con los que vestían modernas ropas y manejaban cámaras, portaban altavoces y manipulaban los ropajes de los actores; otros colocaban figuras entre los edificios, “humanos” de madera que parecían cobrar vida con cada llamamiento a la acción. Pero había  algo que mantenía mudo y ojiplático a Pablito, algo que tenía vida propia: los camellos. Un centenar de ellos fueron traídos del Sahara español junto con cientos de caballos de toda España para participar en escenas cruciales de Lawrence de Arabia, la película. 

—Niño, cierra la boca que entran moscas —reía Manuel mientras con un dedo movía la mandíbula de su nieto. 

Una melodía silbada con acierto y una figura conocida se acercaba por el camino. Portaba una caja que parecía de madera y un morral. La altura, el porte y el canturreo que siempre le acompañaban no dejaron lugar a dudas. 

—Hombre, Perico, ¿tú por aquí también? —tendiendo la mano, Manuel saludó efusivo a su antiguo vecino que ahora vivía en el Llano de Don Antonio. 
—¡Cuánto bueno! ¿Qué hace aquí este mocoso? —Pablito apartó la cabeza, aunque Perico consiguió enmarañar su cabello. 
—Hemos venido a ver el cine —contestó el chiquillo.
—¿Vienes de allí, chaval? Te veo cargado —preguntó el abuelo señalando la caja.
—Uno de los carpinteros se machacó una mano hace unas semanas y alguien se acordó de mí, como si no tuviesen suficiente con doscientos… Fueron a buscarme al Llano y aquí llevo desde entones. Me ha venido bien porque estaba con los ojos malos y no podía trabajar en el esparto, pero como hay que seguir comiendo, este jornal me ha sacao del apuro. 
—¿Has estado dentro del cine? ¿Me puedes llevar? ¿Podemos ver a los… los…?
—…Camellos, Pablito, son camellos —le aclaró su abuelo—. No ha dejado de mirarlos desde que los hemos descubierto en ese alto. Lo lleva en la sangre… el aprecio a los bichos, digo. 
—Hay un montón, Pablito. En esta película  son tan protagonistas como los actores —y volvió a removerle el pelo. 
—¿Podemos verlos? —insistía el pequeño.

Perico se mantuvo meditabundo durante unos instantes. Movía una hebra de paja de un lado a otro de la boca mientras paseaba la mirada por el escenario cinematográfico, y les dijo:

—Hice la mili en el Sahara. Tuve la ocasión de montar a esas bestias, también caballos, y hasta vi avestruces… No pensé que volvería a hacerlo, la verdad. Pero se me está ocurriendo…
—Déjalo hombre, si solo son cosas de críos.
—Yo no soy nadie para entrar en la zona de los animales, Pablito, pero estas oportunidades de aventura solo se presentan una vez en la vida. ¿Te gustaría dar un paseo en camello? 
—Sí, sí, por favor… sí… sí…
—Quita, quita… Dejaros de tonterías. Esta gente viene a sus negocios y no van a dejaros jugar con sus animales. A saber lo que les han costado esos bichos… No son juguetes, Pablo, hijo. 

Sin mediar palabra, Perico arrancó con largas zancadas hacia el poblado de cartón piedra. Por más que le reclamaba Manuel voceando su nombre e intentando que regresara, no hubo manera de hacerle parar. Tan solo giró la cabeza y les avisó: 

—No se mueva de ahí, abuelo. Voy a ver qué puedo hacer. Están rodando ahora, estaréis entretenidos.

El abuelo sacó un pañuelo del bolsillo, se secó la frente del sudor que asomaba bajo su sombrero, se sentó de nuevo en la piedra y negando con la cabeza dijo: 

—Dios nos asista…, recuerdo las travesuras de este muchacho y no eran cualquier cosa.  

Ambos pasaron un buen rato entre gritos de ¡Acción!, y  los consecuentes ¡Corten! Tuvieron la oportunidad de ver en movimiento a los actores, vestidos con túnicas blancas y con las cabezas tocadas por un largo pañuelo; otros vestían uniformes militares, otros turbantes… Las mujeres cubiertas de negro desde la cabeza hasta los pies… soldados, cañones… Repetían una y otra vez las escenas para regocijo de los improvisados espectadores. 

—Ven, Pablito, subamos un poco por el camino de la Torre, seguro que desde allí arriba se ve mejor.

Al terminar el ascenso las vistas les dejaron maravillados. El escenario era fantástico, con el mar en calma bordeando la ciudad… Pero a pesar del espectáculo, una imagen sorprendente acaparó su atención: Perico, aparecía ante ellos montado en un magnífico camello. Detrás, un caballo blanco con su montura reglamentaria, les seguía amarrado por las riendas. 

—¡Válgame el cielo, Perico! ¿Qué has hecho? 
—Os presento a Omar y a Rayo. 
—¿Se llaman así? —preguntó Pablito.
—En realidad acabo de bautizarlos.
—Pues no eres muy original que digamos —comentó Manuel—. Has robado estos animales. ¿Qué pensarán de nosotros? Nos buscarán… Nos detendrán…
—Vamos, abuelo, no exageremos —alegó Perico—, ni se darán cuenta de que faltan. Son muchos los que tienen de repuesto. 
—No son piezas de molino, bruto, son animales. Devuélvelos ahora mismo. 
—Claro que los vamos a devolver, pero antes vamos a pasear por el monte hasta el Llano. Abuelo, póngase esto en la cabeza, y tú este turbante Pablito. 
—¿Qué es esto? Nos vas a meter en un lío… —insistía el abuelo mientras daba vueltas al pañuelo blanco.
—Lo suyo, abuelo, se llama kafiyyeh y es, junto con la túnica, que aquí tiene una, la indumentaria árabe. Y a Pablito le he traído un turbante turco, como los que están en el campamento de la rambla. 

Pablito corría de un lado a otro emocionado, con el turbante balanceándose en su cabeza e instigando a su abuelo para que se colocase el pañuelo y la túnica. Perico les ajustó las vestiduras a ambos y, una vez que los tres estuvieron listos, comenzaron su expedición como si del mismísimo Lawrence de Arabia se tratase. 

—Pablito, tú montarás el camello, ya verás qué cómodo. Tiene una especie de silla sobre la joroba hecha a base de mantas y una piel de carnero, siéntate sobre ello y agárrate fuerte. Espera a que Omar se arrodille para que puedas subir bien —y con destreza, hizo que el animal se arrodillase, y entre ronquidos que asustaron, aunque no espantaron al pequeño Pablo le aupó y asentó sobre la joroba del animal que esperó paciente—. ¿Ya estás bien agarrado, Pablo? Ahora vas a subir muy alto. ¡Vamos allá! —Pablito, obediente y expectante, se abrazó fuerte a la piel y las coloridas mantas y entre risas y la advertencias de su abuelo, fue ascendiendo a la vez que Omar obedecía las precisas órdenes de Perico—. ¡Ya estamos arriba! ¿Ha sido divertido? —el niño asentía emocionado y se recolocaba sobre su asiento después de las sacudidas del ascenso—. Le toca, abuelo. Suba al caballo. Es como montar a su borrico pero un poco más alto. Vamos. Un, dos… ¡tres! Ya estamos. 
El niño reía. Manuel no pronunciaba palabra, y camuflado bajo su tocado árabe se dejó llevar camino abajo, camino arriba, por los montes de la Sierra de Cabrera. Perico, en medio de ambas monturas, caminaba y les guiaba mientras comenzó a relatar la historia de un hombre que conquistó una ciudad…

—Durante la Primera Guerra Mundial, un oficial británico, junto con un ejército de beduinos, cruzó el desierto camino a la ciudad de Aqaba para arrebatársela a los turcos. A ese hombre le llamaron Lawrence de Arabia…

Al cabo de las horas, pensaron que era el momento de dar la vuelta, y decidieron, imbuidos por las magníficas historias de batallas lejanas y viendo que nada había pasado por su fechoría, hacer una entrada triunfal en Carboneras. Al llegar a la plaza del Castillo de San Andrés, y bajo la estupefacción de los vecinos, cruzaron parsimoniosos por delante de las ruinas hasta que, de forma sorpresiva, fueron llamados a detenerse. 

—¡Alto! —ordenó levantando el brazo un guardia civil de los de tricornio y pistola—, ¿se puede saber qué hacen con estos animales y vestidos de esa guisa?
—¡Hola, Sebastián! —Saludó decidido el abuelo.
—Pero… Manuel, por Dios, ¿qué haces montando este caballo?
—Pues ya ves,  dando un paseo al nieto, que se ha puesto pesao.
—Disculpe usted, Seb… Agente de la Autoridad, pero venimos de recoger a estos animales que hemos encontrado vagando por el monte —aclaró Perico—. Como puede ver, llevo herramientas de trabajo, soy uno de los carpinteros del escenario de cine, y según regresaba de allí, encontramos a estos pobres bichos perdidos. 
—Que conste a todos ustedes que nosotros solo estábamos de visita en el lugar de los hechos —apostilló Manuel al ver que tras los guardias había tres hombres hablando entre ellos de forma ininteligible, y por sus ropas y su aspecto eran con total seguridad los visitantes americanos. 
—Se preguntarán ustedes, y con razón, qué hacemos con estos ropajes, pues yo se lo explico —continuó Perico con la narración de los hechos—: el camello portaba una cesta y dentro estos disfraces, y claro, dada la situación y por divertir al chaval, hemos decidido…
—¡Vale ya, hombre! —espetó el guardia civil—, esto es de guasa, Perico. Mira que hacía años que no tenía que llamarte la atención. Pero tener que hacerlo con usted, abuelo… esto sí que no me lo esperaba. Y ese crío, ahí en alto, para darse un buen castañazo subido en esta bestia…
—No son bestias, Sebastián, son animales, solo animales…
—¡A callarse todo el mundo! —concluyó el guardia.

Uno de los testigos americanos, se acercó y, por medio del traductor, algo debió decirle que apaciguó los ánimos del Sargento. El hombre, alto y bien vestido, sostenía una sonrisa ladeada y parecía divertirse mientras observaba la escena. 

—A ver, dadme los nombres completos, que me los pide aquí este señor… Y bajaos ya de ahí, que me he cansao de mirar p’arriba.

Desmontaron nieto y abuelo. El niño se entretuvo acariciando a Omar y a Rayo que movieron sus cabezas complacidos. Devolvieron los ropajes y acompañaron a los guardias al cuartelillo donde, lejos de lo que pensaban, tuvieron que contar una y otra vez su aventura entre las risas de unos y los gestos de desaprobación del que les había llamado la atención. Incluso Perico se fumó un par de cigarrillos con el Cabo Primero. 


***


Toma primera. Asalto a la ciudad de Aqaba… ¡ACCIÓN! 

A la puerta de su casa, un anciano ricamente vestido, fumaba un narguile. A su lado, un niño  jugaba con las nubes de humo que ascendían desde la boquilla. De repente, gritos, cañonazos, soldados que corrían rifle en mano: “¡Al frente, al frente!” “¡Arriba, arriba!”…  A lo lejos, envueltos en una gran polvareda, el sonido de cientos de caballos al galope anunciaba lo que sería el ataque a la ciudad jordana de Aqaba. A la cabeza, Lawrence de Arabia, montado en su camello, instigaba al ejército que le seguía a invadir la ciudad. Todo parecía perdido. 

—¿Quién es el que está corriendo como loco sobre ese camello? 
—Pues… un figurante más… supongo.
—Está a punto de ensombrecer a O’Toole. ¡Nos va a estropear la escena! 
—¿¡¡Quién es ese, quién es ese!!?
—Cámara, ¿la toma es válida?
—Sí, sí, no hay problema, ya le ha adelantado y todo va bien, ¡es una bala!
Desde el sillón del Director se escuchaban carcajadas, y una letanía repetida con pronunciado acento inglés: Perico… ja ja ja… Perico… ja ja ja…

¡COOORTEN! 

©Pilar Gómez

Relato incluído en el libro: La narrativa tenía un precio
























20 de mayo de 2016

Díselo a ellos




P— Impresionante.
C— Lo es.
P—Menuda cornamenta.
C—Sí. Piensa que es un cuadro.
P—¿No es real? ¿Le conociste?
C—No, es...fue uno de tantos. 
P—Como los perros…, como mis… como ellos.
C—Sí. Como ellos. Se vieron obligados, ya lo sabes.
P—Como yo.
C—Ellos te obligan. No le des más vueltas.
P—Sabes que después me matarán a mí, ¿verdad?
C—Así es.
P—¿No hay nadie que nos ayude a terminar con esto?
C—Sí, los hay.
P—Y ¿a qué esperan? No quiero hacerlo. 
C—Están repartiéndose medallas.
P—¿Y eso qué es?
C—Es quién fue primero. O quién lo hizo mejor. 
P—¿Y eso nos ayudará a que eviten esto antes?
C—En absoluto. 
P—Pues entonces no entiendo su ayuda.
C—Ni yo, pero así son los humanos.
P—Si yo tuviese esas medallas se las daría. Yo solo quiero no matarte mañana. 
C—Y yo solo quiero vivir.
P—¿Y a quién se lo decimos?
C—Díselo a ellos. 

*(P= perro; C= ciervo)  


Relato: Pilar Gómez Corona
Ilustración: Paco Catalán 

16 de noviembre de 2015

Polvorín y el fuego.




No sé cómo relatar lo sucedido ayer noche en Medinaceli. Es muy complicado escribir cuando se siente tanto dolor y  tanta rabia. 

Escribo y borro, escribo y vuelvo a borrar... me pueden los sentimientos de indignación.

Quería hacer una crónica lo más real posible sobre Polvorín, el toro abrasado, explicar lo que para muchas personas supone el que, bajo el calificativo de fiesta popular, se torture a un animal con saña hasta dejarlo malherido y traumatizado el resto de sus días, pero no me salen más que exabruptos, y no quiero caer en ello ni alimentar un morbo innecesario. El tema es demasiado serio. 

Seguramente con mostrar las imágenes de Polvorín envuelto en el chisporroteo de las llamas que prenden en su cabeza, sería suficiente para horrorizar a cualquiera ante semejante barbaridad, pero,  hay más antes de prenderle, y hay más después de apagar el fuego y volver a cargarle en el camión que anteriormente le trajo a su aquelarre.



Está la algarabía de un pueblo que canta, baila y bebe antes de la quema. Está la preparación de una plaza con hogueras y una estaca para atar al animal antes de prenderle. Está una organización que desde el Ayuntamiento prepara el festejo y organiza a las fuerzas de seguridad para asegurarse de que todo saldrá según lo previsto. Torturar a Polvorín es el objetivo, por encima de todo. Qué cautela y qué frialdad para un acto de violencia extrema.


Después están los mozos que arrastrarán a tirones al toro con cuerdas mientras este se resiste e intenta evitar lo que su instinto de supervivencia le avisa: La muerte. Esos mozos que le atarán al poste y, bajo la ávida mirada de los espectadores congregados al rededor, le prenderán los cuernos untados con cualquier cosa que arda el tiempo suficiente para que el animal corra despavorido, enloquezca de pánico y dolor mientras es observado por un gentío que se alimenta con su sufrimiento.



“¿Sabes lo que más me llamó la atención y lo que más se me ha grabado en el alma? El silencio que había en la plaza; el olor a  tortura… con las hogueras encendidas. El camino al fondo con el toro al que arrastran con mucha, mucha violencia. Le sacan del camión tirando de cuerdas como salvajes…”  Laura. 


“Tengo un vídeo y se oye un berrido del pobre animal y… se te hiela la sangre”   Eva.



Cuando consideran oportuno que ya tienen suficiente, apagan a Polvorín y lo vuelven a cargar en el camión. Ya está ciego, le han quemado los ojos. Ya ha enloquecido con la inesperada y pavorosa acción. ¿Para qué?  Y cantan y bailan y beben… se divierten.

Los antidisturbios han cercado a los activistas que han acudido a decir basta ya, a intentar salvar a Polvorín, a pedir por su vida… Dos muchachas son golpeadas por los taurinos en la plaza tras saltar a ella en un intento desesperado por frenar la tortura; hay detenciones, sanciones, multas para los animalistas… intentar salvar la vida de un animal se castiga, pero se protege a sus torturadores… ¿A quién beneficia mantener embrutecidos a los violentos? Seguramente una alcaldía bien vale esta locura, y un puñado de votos se compran con pan y circo.  

Podría parecer mentira que esto exista hoy día en cualquier civilización, pero existe; que acciones tan crueles y despreciables sean el aliciente de todo un pueblo, pero lo son… con lo que podemos asegurar que la evolución, la civilización, el progreso, no han llegado a España. Hemos salido de la cueva, pero la cueva no ha salido de Medinaceli, o Tordesillas… y de todos y cada uno de los pueblos que incluyen en su agenda de festejos la tortura y la muerte de un animal. 

Mientras llega la razón, otros muchos seguiremos luchando, llorando y gritando ¡BASTA YA! 
LA TORTURA NO ES CULTURA. 
DERECHOS PARA LOS ANIMALES. 

Y, aunque puede parecer algo manida, os dejo la frase que un pacifista nos regaló hace mucho tiempo y que, por desgracia, debemos repetir una y otra vez hasta que se instale en el alma de todos.


La grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que sus animales son tratados. Gandhi



Gracias a vosotros, valientes, que acudísteis a defender a Polvorín con el único fin de intentar salvar su vida y demostrarnos que aún hay esperanzas para el ser humano. Vosotros sois el ejemplo a seguir. 




Pilar G. C.

Escrito con motivo del macabro festejo celebrado en Medinaceli (Soria-España) llamado Toro Jubilo en la noche del 14 de noviembre de 2015.









14 de septiembre de 2015

Por Rompesuelas: Lo evidente




evidente:
adjetivo
Que es tan claro y patente que no puede ser puesto en duda o negado.




Pues parece ser que lo evidente no lo es tanto. 

Se abre un puerta. El animal es liberado.

El toro respira, camina y disfruta de su libertad. Tras él, un numeroso grupo de personas dispuestas a divertirse, persiguen al animal entre risas y aspavientos. Vocean al animal que aún es ajeno a su destino. El toro intenta buscar pastos menos concurridos. De forma repentina comienza a sentir dolorosos impactos en su piel. No lo ha visto venir, pero por uno y otro lado repetidas lanzadas abren su carne. El animal, desconcertado, intenta escapar del dolor, pero los lanceros, entrenados y expertos verdugos, continúan con el ritual de clavar con saña una y otra vez sus armas. El toro huye. Como cualquier ser vivo intenta escapar del dolor y preservar su vida. Este acto excita aún más a los lanceros y a la masa enfervorecida que disfruta y admira el espectáculo entre los mugidos de dolor y el rojo de la sangre derramada; su adrenalina sube y su avidez de más no tiene límite. No hay compasión. Las lanzadas aumentan. Todos quieren participar y clavar su punta de lanza en el cuerpo del animal que se va cubriendo con los regueros de su propia sangre. La vega es amplia y hay que dirigirle hacia el lugar en el que le esperan otros lanceros, esta vez a caballo. Ahora, el animal, se gira con cada clavada, mira a quien le hiere sin comprender qué provoca eso. Su soledad, en medio de los armados pone de manifiesto la injusticia a la que está siendo sometido. Intentará defenderse; quiere parar la agresión; quiere salir de allí. Su instinto ya le ha asegurado que su vida está en grave peligro y tiene que luchar. Embestirá,  se girará de un lado a otro desconcertado y asustado ante una multitud cada vez más agresiva. Pero está en desventaja. De eso se aprovechan tanto los que le agreden, como los que, a una cobarde distancia, disfrutan de su ejecución. La sangre estimula sus ansias de más; la vega debe teñirse de rojo para alimentar su sed. Cuando consiguen llevar al animal al lugar previsto, aparecen esos otros “valientes” que, desde la protección de la altura que les proporciona el caballo, obligado también a sufrir el peligro y vivir la matanza, no dudarán en iniciar el sangriento ritual de lancear una y otra vez más al ya exhausto toro entre mugidos de angustia y sufrimiento hasta que no pueda más, hasta que su negro y vigoroso cuerpo esté cubierto de sangre y puñaladas. Caerá agonizante, tembloroso y aterrorizado. En ese momento, aquellos que ya se sienten orgullosos de su hazaña, se acercarán a él, le apuntillarán para rematar la cruel faena, le cortarán los testículos mientras aún vive, y alzarán sus brazos victoriosos, entre gritos de júbilo y satisfacción por sentirse más hombres al  tener sus manos manchadas de sangre inocente, por haber perseguido, herido, acosado, torturado y matado a un ser vivo que por unos momentos admiró la vega en la que fue soltado para el regocijo de esos que se hacen llamar así: hombres. 

Mujeres y niños asistirán al “festejo”. Niños, por cierto, que están contemplando un espectáculo de violencia y sangre del que nadie les protege. Niños a los que ninguna ley de protección a la infancia contempla aislar de tamaña incitación a la violencia, valga la redundancia. 

A esto lo llaman tradición. Cultura. Esta es su diversión. En la España del siglo XXI torturar es legal y es el aliciente de todo un pueblo. Tordesillas vive para su macabra fiesta. Eligen a su víctima y esperan el ansiado momento. Es más, tienen otro toro en la reserva, por si acaso. Hay que torturar, matar como sea. El torneo debe celebrarse por encima de todo. 

¿Qué clase de hambre se sacia del miedo, de presenciar cómo otro ser vivo sufre, sangra y muere espantado? 

¿Qué clase de ser disfruta torturando, clavando lanzas una y otra vez provocando una agonía larga y dolorosa? 

Lo evidente sería que un espectáculo con este calibre de violencia y sufrimiento, no debería ser considerado una diversión. Tanto la Justicia como la moralidad no deberían permitir que ningún ser humano se alimente de la barbarie de este y cualquier otro espectáculo de sangre. Es más, no deberíamos tener que hablar de esto siquiera. 

Se supone que ya no somos bárbaros. Pero si esta sinrazón se repite el próximo día 15, esta suposición quedará desmentida: lo seremos.

¿Qué clase de sociedad se está manteniendo? ¿Quién gana con el embrutecimiento del pueblo? 

Lo evidente me dice que preservar la vida, procurar bienestar, enseñar respeto y fomentar la empatía por los demás seres vivos a nuestros hijos es el camino de la evolución. ¿Hasta cuándo seguiremos manteniendo espectáculos de muerte que alimenten a un pueblo ávido de pan y circo? 

Mientras miles de seres humanos luchan por sobrevivir, por alcanzar una oportunidad de futuro para sus hijos huyendo de la guerra y su crueldad,  o del hambre y la pobreza, no podemos ser tan indecentes de mirar hacia otro lado y consentir que se institucionalice el dolor  en lugar de abrir nuestros corazones e invertir nuestros recursos humanos y materiales en salvar y proteger vidas, todas;  en acoger al necesitado; en salvar a un país en el que un gran número de sus propios ciudadanos necesita de nuestra ayuda, de nuestra solidaridad. 

La cura de esta sociedad enferma puede tener un principio esperanzador salvando a Rompesuelas. 

¿No es esto suficientemente evidente? 



Pilar Gómez Corona.